Rojo y negro
Rojo y negro Habría destacado por la espontaneidad y la viveza de su ingenio si la hubieran dado la mínima instrucción. Pero, en su condición de heredera, la habían educado unas monjas adoradoras, devotísimas del Sagrado Corazón de Jesús y en las que había hecho presa un odio violento por los franceses enemigos de los jesuitas. La señora de Rênal había mostrado suficiente sentido común para no tardar en olvidarse, por absurdo, de todo cuanto le habían enseñado en el convento; pero no lo sustituyó por otra cosa y acabó por no saber nada. Los halagos precoces, debidos a su condición de heredera de una gran fortuna, y una inclinación decidida por la devoción fervorosa le proporcionaron una forma de vivir volcada por completo hacia dentro. Con la apariencia de la condescendencia más consumada y de una abnegación voluntaria que los maridos de Verrières ponían de ejemplo a sus mujeres y que era el orgullo del señor de Rênal, el comportamiento habitual de esa alma era efectivamente resultado del humor más altanero. Princesas hay, de esas a quienes citan por su orgullo, que están infinitamente más pendientes de lo que hagan a su alrededor sus gentileshombres de lo que lo estaba aquella mujer tan dulce, tan modesta en apariencia, a todo cuanto dijera o hiciera su marido. Hasta que llegó Julien, solo se había fijado en realidad en sus hijos. En sus menudas enfermedades, sus penas, sus menudas alegrías estaba volcada toda la sensibilidad de esa alma que en la vida no había adorado sino a Dios cuando estaba en el Sagrado Corazón de Besançon.