Rojo y negro

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Capítulo XXV. El ministerio de la virtud

Pero si gusto de ese placer con tanta prudencia y circunspección, dejará de parecerme un placer.

LOPE DE VEGA

Nada más regresar a París y al salir del gabinete del señor de La Mole, a quien parecieron desconcertar mucho los despachos que le estaba presentando, nuestro héroe se apresuró a ir a ver al conde Altamira. A la ventaja de estar condenado a muerte, ese apuesto forastero sumaba mucha seriedad y la dicha de ser piadoso; estas dos prendas y, muy principalmente, la nobilísima cuna del conde eran muy del agrado de la mariscala de Fervaques, quien lo trataba mucho.

Julien le confesó al conde con gran solemnidad que estaba muy enamorado de ella.

—Es la encarnación de la virtud más pura y más elevada —contestó el conde—; solo un poco jesuítica y enfática. Hay días en que entiendo todas las palabras que dice, pero no entiendo la frase entera. Me hace pensar a veces que no sé el francés tan bien como dicen. Si la trata, eso hará que suene su nombre; le dará a usted peso en sociedad. Pero vamos a casa de Bustos —añadió el conde Altamira, que era persona de orden—; cortejó a la mariscala.


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