Rojo y negro
Rojo y negro En cuanto a Julien, había pasado a la acción y se sentía menos desgraciado; su vista se posó por casualidad en el portafolios de cuero de Rusia donde había metido el príncipe Korázov las cincuenta y tres cartas de amor que le había regalado. Julien vio una nota al pie de la primera carta: «La n.º 1 se manda ocho días después de haberla visto por primera vez».
«¡Voy con retraso, porque hace mucho que llevo viendo a la señora de Fervaques!», exclamó Julien. Se puso en el acto a transcribir esa primera carta de amor; era un sermón lleno de frases sobre la virtud y que mataba de aburrimiento; Julien tuvo la suerte de quedarse dormido en la segunda página.
Unas horas después, el sol, ya alto, lo sorprendió recostado en su mesa. Uno de los momentos más penosos de su vida era ese en que, todas las mañanas, al despertarse, se enteraba de su desgracia. Aquel día acabó de copiar la carta casi riéndose. «¡Será posible que haya habido un joven que escribiera así!», se decía. Contó varias frases de nueve líneas. Al pie del original, se encontró con una nota a lápiz.
Estas cartas se entregan en persona: a caballo, con corbata negra y levita azul. Se le entrega la carta al portero con expresión contrita; honda melancolía en la mirada. Si se ve de pasada a una doncella, hay que secarse los ojos furtivamente. Hablar con la doncella.