Rojo y negro
Rojo y negro ¡Servicios! ¡Talento! ¡Méritos! ¡Bah! Haceos de una camarilla.
TELÉMACO
Pensar en un obispado se unĂa asĂ por primera vez con pensar en Julien en la cabeza de una mujer a quien, antes o despuĂ©s, le corresponderĂa repartir los mejores cargos de la Iglesia de Francia. Este provecho no habĂa emocionado en absoluto a Julien; en ese momento no elevaba el pensamiento a nada que fuera ajeno a su actual desdicha: todo la hacĂa ir a más, por ejemplo, ahora le resultaba insoportable ver su habitaciĂłn. Por la noche, cuando volvĂa, vela en mano, todos los muebles y todos los adornos menudos le parecĂa que cobraban voz para anunciarle con acritud algĂşn detalle nuevo de su desdicha.
«Hoy tengo trabajos forzados —se dijo al entrar y con unos ánimos que no tenĂa hacĂa tiempo—: esperemos que la segunda carta sea tan aburrida como la primera.»
Lo era más aĂşn. Lo que copiaba le parecĂa tan absurdo que acabĂł por transcribirlo lĂnea a lĂnea sin pensar en lo que decĂa.
«Es todavĂa más enfático —se decĂa— que los documentos oficiales del tratado de MĂĽnster que mi profesor de diplomacia me mandaba copiar en Londres.»
