Rojo y negro

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—¡Eso es lo que no voy a tolerar! —dijo en voz alta.

Y, poniéndose de pie, furiosa, abrió el cajón de la mesa de Julien, que tenía ante sí, a dos pasos. Se quedó como helada de espanto al ver en él ocho o diez cartas sin abrir, iguales de todo punto a la que el portero acababa de subir. En todas aquellas señas reconocía la escritura de Julien, más o menos desfigurada.

—¡Así que no solo está a partir un piñón con ella, sino que encima la desprecia! —exclamó fuera de sí—. ¡Usted, un pelagatos, desprecia a la señora de Fervaques!

»¡Ay, perdón, mi buen amigo! —añadió, postrándose ante él—. Despréciame si quieres, pero quiéreme; no puedo vivir si me falta tu amor.

Y cayó al suelo, esta vez desmayada del todo.

«¡Así que por fin tengo a esta orgullosa a mis pies!», se dijo Julien.



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