Rojo y negro

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Capítulo XXX. Un palco en la Ópera Bufa

As the blackest sky

foretells the heaviest tempest.[74]

Don Juan, canto I, estrofa 73

Con todos estos arranques, Julien estaba más atónito que feliz. Los insultos de Mathilde le demostraban cuán sabia era la política rusa. «Hablar poco, actuar poco, esa es mi única salvación.»

Levantó del suelo a Mathilde y, sin decir palabra, volvió a sentarla en el sofá. Poco a poco se fue adueñando de ella el llanto.

Por hacer algo, tomó en las manos las cartas de la señora de Fervaques; iba rompiendo los sellos despacio. Hizo un ademán nervioso muy evidente al reconocer la letra de la mariscala. Daba vueltas, sin leerlas, a las hojas de esas cartas; la mayoría era de seis páginas.

—Respóndame al menos —dijo al fin Mathilde con el tono de voz más suplicante que darse pueda, pero sin atreverse a mirar a Julien—. Bien sabe que soy orgullosa; es la desdicha de mi posición e incluso de mi carácter, lo reconozco. Así que la señora de Fervaques me ha arrebatado su corazón… ¿Ha hecho por usted todos los sacrificios a los que a mí me ha arrastrado este amor fatal?

Julien le dio por toda respuesta un silencio hosco. «¿Con qué derecho me pide una indiscreción indigna de un hombre de bien?», pensaba.


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