Rojo y negro

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Capítulo XXXI. Asustarla

¡Este es, pues, el estupendo milagro de su civilización! Han convertido el amor en un asunto vulgar.

BARNAVE

Julien se apresuró a acudir al palco de la señora de La Mole. De entrada se le cruzaron los ojos con los de Mathilde; lloraba sin recato; no había en ese palco sino personajes de segunda fila, la amiga que les prestaba el palco y unos cuantos hombres conocidos suyos. Mathilde puso la mano encima de la de Julien; parecía que hubiera olvidado todo temor a su madre. Casi ahogada por las lágrimas, no le dijo sino esta palabra: ¡garantías!

«Por lo menos no le hablaré —se decía Julien, muy emocionado también; y tapándose como podía los ojos con la mano, con el pretexto de la araña que deslumbra los palcos del tercero—. Si hablo no podrá ya caberle duda de lo conmovido que estoy: me traicionará el tono de voz; todavía puedo perderlo todo.»

Aquellos combates eran aún más dolorosos que los de por la mañana; a su alma le había dado tiempo a conmoverse. Temía que Mathilde quisiera empeñarse en la vanidad. Ebrio de amor y de voluptuosidad, se contuvo para no hablarle.

Tal es, en mi opinión, uno de los mejores rasgos de su carácter: una persona capaz de un esfuerzo así para dominarse puede llegar lejos, si fata sinant[75].


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