Rojo y negro
Rojo y negro ¿Por qué, ay, esas cosas y no otras?
BEAUMARCHAIS
Refiere un viajero inglés la intimidad en que vivía con un tigre; lo había criado y lo acariciaba, pero siempre tenía encima de la mesa una pistola cargada.
Julien solo cedía a la enajenación de su felicidad en los momentos en que Mathilde no se la podía leer en los ojos. Cumplía puntualmente con la obligación de decirle de vez en cuando alguna palabra dura.
Cuando la dulzura de Mathilde, que veía con asombro, y su absoluta entrega estaban a punto de privarlo de todo imperio sobre sí mismo, tenía el valor de marcharse de repente.
Por primera vez, Mathilde amó.
La vida, que siempre le había parecido que se iba arrastrando a paso de tortuga, ahora tenía alas.
Como, no obstante, el orgullo no podía dejar de aflorar como fuera, quería exponerse temerariamente a todos los peligros que podía hacerle correr su amor. El prudente era Julien; y solo cuando salía a colación el peligro no cedía ella a su voluntad; pero, sumisa y casi humilde con él, no por ello se mostraba menos altanera con quienes tenían trato con ella en la casa, familia o criados.
