Rojo y negro
Rojo y negro El prefecto, subido en su caballo, se decía: «¿Y por qué no iba a ser yo ministro, presidente del gobierno, duque? Así es como haría yo la guerra… Así es como metería en cárcel a los innovadores»…
LE GLOBE[76]
No hay argumento que pueda destruir el imperio de diez años de ensoñaciones gratas. Al marqués no le parecía sensato enfadarse, pero no podía decidirse a perdonar. «Si el Julien ese pudiera morir accidentalmente», se decía a veces. Así era como aquella imaginación contrita hallaba cierto alivio yendo en pos de las quimeras más absurdas. Paralizaban la influencia de los sensatos razonamientos del padre Pirard. Transcurrió un mes sin que la negociación avanzase un paso.
En este asunto de familia, como en los asuntos de política, al marqués se le ocurrían ideas brillantes que lo tenían entusiasmado tres días. En tales casos, un plan de conducta no le agradaba porque se apoyaba en razonamientos sólidos; pero los razonamientos no le entraban por el ojo derecho más que si respaldaban su plan preferido. Se afanaba tres días con todo el ardor y el entusiasmo de un poeta en llevar las cosas hasta determinada posición; al día siguiente ya ni se acordaba de todo aquello.
