Rojo y negro
Rojo y negro Tenga buen cuidado de no cometer nuevas locuras; aquí va un despacho de teniente de húsares para el caballero Julien Sorel de La Vernaye. Ya ve lo que estoy haciendo por él. No me lleve la contraria ni me haga preguntas. Que se vaya dentro de veinticuatro horas para incorporarse a su regimiento, que está en Estrasburgo. Aquí va una libranza para mi banquero; que se me obedezca.
El cariño y la alegría de Mathilde llegaron al colmo; quiso sacarle provecho a la victoria y respondió a vuelta de correo:
El señor de La Vernaye estaría a sus pies, loco de agradecimiento, si supiera todo cuanto se digna hacer por él. Pero, en medio de generosidad tan grande, mi padre se ha olvidado de mí: el honor de su hija corre peligro. Una indiscreción puede arrojar una mancha eterna que veinte mil libras de renta no podrían borrar. No le enviaré el despacho al señor de La Vernaye a menos de que me dé usted su palabra de que durante el mes que viene se celebrará mi boda en público, en Villequier. Poco después de esas fechas, que le ruego que no sobrepase, su hija no podrá presentase en público más que llamándose señora de La Vernaye. Cuánto le agradezco, mi querido papá, que me haya salvado de ese apellido de Sorel, etc., etc.
La respuesta fue imprevista.