Rojo y negro
Rojo y negro ¡Dios mÃo, dadme la mediocridad!
MIRABEAU
TenÃa el pensamiento absorto; no respondÃa sino a medias al vehemente cariño que ella le manifestaba. SeguÃa silencioso y hosco. Nunca le habÃa parecido a Mathilde tan grande ni tan adorable. TemÃa alguna sutileza de su orgullo que diese al traste con toda la situación.
Casi todas las mañanas Mathilde veÃa al padre Pirard llegar al palacete. ¿No podrÃa Julien haberse enterado por él de algo referido a las intenciones de su padre? ¿No podrÃa incluso haberle escrito el propio marqués en un momento de capricho? Tras una felicidad tan grande, ¿cómo explicar la expresión seria de Julien? No se atrevió a preguntarle nada.
¡No se atrevió! ¡Ella, Mathilde! A partir de ese momento en sus sentimientos por Julien hubo algo inconcreto, imprevisto, terror casi. Esa alma árida sintió cuanto sentir puede de la pasión una persona criada en esa civilización excesiva que admira ParÃs.
Al dÃa siguiente, muy temprano, estaba Julien en la rectorÃa del padre Pirard. Estaban entrando en el patio unos caballos de posta y un carruaje desvencijado alquilado en la casa de postas vecina.
