Rojo y negro

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Capítulo XXXV. Una tormenta

¡Dios mío, dadme la mediocridad!

MIRABEAU

Tenía el pensamiento absorto; no respondía sino a medias al vehemente cariño que ella le manifestaba. Seguía silencioso y hosco. Nunca le había parecido a Mathilde tan grande ni tan adorable. Temía alguna sutileza de su orgullo que diese al traste con toda la situación.

Casi todas las mañanas Mathilde veía al padre Pirard llegar al palacete. ¿No podría Julien haberse enterado por él de algo referido a las intenciones de su padre? ¿No podría incluso haberle escrito el propio marqués en un momento de capricho? Tras una felicidad tan grande, ¿cómo explicar la expresión seria de Julien? No se atrevió a preguntarle nada.

¡No se atrevió! ¡Ella, Mathilde! A partir de ese momento en sus sentimientos por Julien hubo algo inconcreto, imprevisto, terror casi. Esa alma árida sintió cuanto sentir puede de la pasión una persona criada en esa civilización excesiva que admira París.

Al día siguiente, muy temprano, estaba Julien en la rectoría del padre Pirard. Estaban entrando en el patio unos caballos de posta y un carruaje desvencijado alquilado en la casa de postas vecina.


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