Rojo y negro

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Capítulo XXXVII. Un torreón

La tumba de un amigo.

STERNE

Oyó un fuerte ruido en el corredor; no era la hora en que subían a su celda; el quebrantahuesos alzó el vuelo chillando, se abrió la puerta y el venerable padre Chélan, temblón y con el bastón en la mano, se le echó en los brazos.

—¡Ah, cielo santo! Pero ¿será posible, hijo mío…? ¡Monstruo, debería decir!

Y el buen anciano no pudo decir una palabra más. El peso de la mano del tiempo abrumaba a aquel hombre tan enérgico tiempo ha. No le pareció ya a Julien sino la sombra de sí mismo.

Dijo, al recuperar al aliento:

—Anteayer mismo recibí su carta de Estrasburgo con los quinientos francos para los pobres de Verrières; me la llevaron a la montaña, a Liveru, donde estoy retirado, en casa de mi sobrino Jean. Y ayer me entero de la catástrofe… ¡Ah, cielos, será posible!

Y el anciano ya no lloraba, parecía haberse quedado sin pensamiento; añadió automáticamente:

—Necesitará sus quinientos francos; se los he traído.

—¡Necesito verlo a usted, padre! —exclamó Julien enternecido—. Dinero tengo de sobra.


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