Rojo y negro
Rojo y negro La tumba de un amigo.
STERNE
Oyó un fuerte ruido en el corredor; no era la hora en que subían a su celda; el quebrantahuesos alzó el vuelo chillando, se abrió la puerta y el venerable padre Chélan, temblón y con el bastón en la mano, se le echó en los brazos.
—¡Ah, cielo santo! Pero ¿será posible, hijo mío…? ¡Monstruo, debería decir!
Y el buen anciano no pudo decir una palabra más. El peso de la mano del tiempo abrumaba a aquel hombre tan enérgico tiempo ha. No le pareció ya a Julien sino la sombra de sí mismo.
Dijo, al recuperar al aliento:
—Anteayer mismo recibí su carta de Estrasburgo con los quinientos francos para los pobres de Verrières; me la llevaron a la montaña, a Liveru, donde estoy retirado, en casa de mi sobrino Jean. Y ayer me entero de la catástrofe… ¡Ah, cielos, será posible!
Y el anciano ya no lloraba, parecía haberse quedado sin pensamiento; añadió automáticamente:
—Necesitará sus quinientos francos; se los he traído.
—¡Necesito verlo a usted, padre! —exclamó Julien enternecido—. Dinero tengo de sobra.
