Rojo y negro

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Capítulo XXXVIII. Un hombre poderoso

Pero ¡hay tanto misterio en lo que hace y tanta elegancia en su talle! ¿Quién podrá ser?

SCHILLER

Las puertas del torreón se abrieron muy temprano al día siguiente. Julien se despertó sobresaltado.

—¡Maldición! —pensó—. Aquí llega mi padre. ¡Qué escena tan desagradable!

En ese preciso instante, una mujer vestida de campesina se le echó en los brazos; le costó reconocerla. Era la señorita de La Mole.

—¡Qué malo eres! Por tu carta solo supe dónde estabas. De eso que llamas tu crimen, y que no es sino una noble venganza en la que veo toda la grandeza del corazón que late en este pecho, no me he enterado hasta llegar a Verrières…

Pese a la prevención contra la señorita de La Mole, que, por lo demás, no se confesaba a sí mismo con claridad, Julien la encontró muy bonita. ¿Cómo no ver en toda esa forma de comportarse y de hablar un sentimiento noble y desinteresado, muy superior a todo aquello a lo que se habría atrevido un alma pequeña y vulgar? Volvió a parecerle que amaba a una reina y, pasados unos momentos, le dijo con refinada nobleza de expresión y pensamiento:


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