Rojo y negro
Rojo y negro Mathilde recorría sola a pie las calles de Besançon con la esperanza de que no la reconocieran. En cualquier caso, no le parecía ocioso para su causa impresionar mucho al pueblo. Su desvarío pensaba en desencadenar una insurrección para salvar a Julien cuando se encaminase a la muerte. La señorita de La Mole creía que iba vestida con sencillez y, como conviene en una mujer sumida en el dolor; lo iba de forma tal que atraía todas las miradas.
En Besançon era ya el centro de atención de todo el mundo cuando, tras pasar ochos días solicitándola, obtuvo una audiencia del padre de Frilair.
Fuere cual fuere su valor, las ideas de miembro influyente de la Congregación y de honda y prudente villanía iban tan unidas en el pensamiento de la señorita de La Mole que se estremeció al llamar a la puerta del obispado. Apenas si podía andar cuando tuvo que subir las escaleras que llevaban a los aposentos del vicario general. La soledad del palacio episcopal le daba frío. «Puedo sentarme en un sillón y ese sillón puede agarrarme los brazos; y desapareceré. ¿A quién preguntará por mí mi doncella? El capitán de los gendarmes se guardará muy mucho de intervenir… ¡Estoy aislada en esta gran ciudad!»