Rojo y negro

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Capítulo XL. La tranquilidad

Porque entonces estaba loco, ahora soy sensato. ¡Ah, filósofo, que solo ves lo instantáneo, qué cortas son tus perspectivas! No tienes la vista hecha a ir siguiendo el trabajo subterráneo de las pasiones.

Señora GOETHE[80]

Aquella conversación la interrumpió un interrogatorio, tras el que vino una entrevista con el abogado que se hacía cargo de la defensa. Esos momentos eran los únicos desagradables de una vida despreocupada y colmada de tiernas ensoñaciones.

—Hay asesinato, y asesinato con premeditación —les dijo Julien tanto al juez como al abogado—. Lo siento, caballeros, pero eso reduce su tarea a poca cosa.

«A fin de cuentas —se decía Julien, cuando consiguió quitarse de encima a esas dos personas—, debo de ser valiente, y más valiente en apariencia que esos dos hombres. Consideran como el colmo de los males, como el rey de los espantos, ese duelo que termina mal y en el que pensaré en serio cuando llegue el día.

»Es que yo he conocido una desgracia mayor —prosiguió Julien, filosofando consigo mismo—; sufría mucho más en mi primer viaje a Estrasburgo, cuando creía que Mathilde me había abandonado… Y ¡decir que deseé con tanta pasión esa intimidad perfecta que hoy me deja tan frío…! De hecho, soy más feliz solo que cuando comparte mi soledad esa joven tan hermosa…»


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