Rojo y negro
Rojo y negro Cuando llevaron a Julien a la cárcel, lo metieron en una celda para los condenados a muerte. Él, que solía fijarse en las circunstancias mínimas, no se había dado cuenta de que no volvían a subirlo al torreón. Iba pensando en qué le diría a la señora de Rênal si tenía la dicha de verla antes del momento postrero. Se imaginaba que lo interrumpiría y quería poder describirle todo su arrepentimiento desde la primera palabra. Tras una acción así, ¿cómo convencerla de que solo la quiero a ella? Por que, a fin de cuentas, quise matarla por ambición o porque amaba a Mathilde.
Al meterse en la cama, se encontró con unas sábanas de retor muy basto. Se le abrieron los ojos. «¡Ah, estoy en el calabozo, como condenado a muerte —se dijo—. Es verdad…!
»El conde Altamira me contaba que, la víspera de su muerte, Danton, con aquel vozarrón suyo, decía: “Qué cosa más singular, no se puede conjugar el verbo guillotinar en todos los tiempos; sí que se puede decir: ‘Me van a guillotinar, te van a guillotinar’, pero no se dice: ‘Me han guillotinado’”.
