Rojo y negro
Rojo y negro Una hora después, cuando estaba profundamente dormido, lo despertaron unas lágrimas que notaba que le corrÃan por la mano. «¡Ay!, otra vez Mathilde —pensó medio dormido—. Fiel a la teorÃa, viene a combatir mi decisión mediante los sentimientos cariñosos.»
Hastiado con la perspectiva de esa nueva escena del género patético, no abrió los ojos. Los versos de Belphégor huyendo de su mujer le volvieron a la cabeza.
Oyó un suspiro singular; abrió los ojos, era la señora de Rênal.
—¡Ah, vuelvo a verte antes de morir! ¿Es una ilusión? —exclamó, arrojándose a sus pies—. Pero perdón, señora, no soy para usted más que un asesino —dijo acto seguido, recobrándose.
—Caballero… vengo a rogarle encarecidamente que presente el recurso, sé que no quiere hacerlo…
Los sollozos la ahogaban, no podÃa hablar.
—DÃgnese perdonarme.
—Si quieres que te perdone —le dijo ella, levantándose y cayendo en sus brazos—, recurre ahora mismo la condena a muerte.
Julien la cubrÃa de besos.
—¿Vendrá a verme todos los dÃas esos dos meses?
—Te lo juro. Todos los dÃas, a menos que me lo prohÃba mi marido.
