Rojo y negro
Rojo y negro En cuanto se fue, Julien lloró mucho y lloró por la muerte. Poco a poco, se dijo que si la señora de Rênal hubiera estado en Besançon le habría confesado ese momento de debilidad…
Cuando más estaba lamentándose de la ausencia de esa mujer adorada, oyó los pasos de Mathilde.
«La peor de las desdichas en la cárcel —pensó— es que no puede uno cerrar la puerta.» Todo cuanto le dijo Mathilde no hizo sino irritarle.
Le contó que, como el día del juicio ya tenía el señor de Valenod en el bolsillo el nombramiento de prefecto, se había atrevido a reírse del padre de Frilair y a darse el gusto de condenar a Julien a muerte.
—El padre de Frilair acaba de decirme: «¡Cómo se le ocurrió a su amigo meterse a espabilar y atacar la mezquina vanidad de esa aristocracia burguesa! ¿Por qué hablar de casta? Les indicó lo que debían hacer en su propio interés de político: a esos bobos no se les había ocurrido y estaban dispuestos a echarse a llorar. Ese interés de casta les tapó el horror de condenar a alguien a muerte. Hay que reconocer que el señor Sorel es muy bisoño en asuntos de esos. Si no conseguimos salvarlo con el recurso de gracia, su muerte será algo así como un suicidio»…
