Rojo y negro

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Capítulo XLV

—No quiero jugarle a ese pobre padre Chas-Bernard la mala pasada de mandarlo llamar —le dijo a Fouqué—; perdería el apetito tres días. Pero intenta dar con un jansenista que sea amigo del padre Pirard e inaccesible a las intrigas.

Fouqué estaba esperando con impaciencia esa petición. Julien cumplió decentemente con todo cuanto se le debe en provincias a la opinión pública. Gracias al padre de Frilair y pese a la inadecuada elección de confesor, Julien era, en el calabozo, el protegido de la Congregación; si hubiera estado más atento, habría podido evadirse. Pero el aire viciado del calabozo le iba haciendo efecto y le mermaba la razón. Por ello se sintió tanto más dichoso cuando regresó la señora de Rênal.

—Mi primera obligación es contigo —le dijo al besarlo—; me he escapado de Verrières…

Julien no tenía amor propio alguno con ella; le contó todas sus debilidades. Ella se portó con él de forma bondadosa y encantadora.

Esa noche, nada más salir de la cárcel, mandó al sacerdote que se había pegado a Julien como a una presa que fuera a casa de su tía; como lo único que pretendía este era ponerse de moda entre las jóvenes de la alta sociedad de Besançon, a la señora de Rênal no le costó convencerlo de que se fuera a hacer una novena a la abadía de Bray-le-Haut.


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