Rojo y negro
Rojo y negro No hay palabras para describir lo violento y enajenado del amor de Julien.
A fuerza de dinero y usando y abusando de las influencias de su tía, devota, conocida y rica, la señora de Rênal consiguió que la dejasen visitar a Julien dos veces al día.
Al enterarse de la noticia, los celos de Mathilde crecieron hasta el extravío. El padre de Frilair le había confesado que todas sus influencias no bastaban para saltarse por completo las conveniencias hasta el punto de conseguir que pudiera ver a su amigo más de una vez al día. Mathilde mandó seguir a la señora de Rênal para enterarse de los mínimos pasos que diera. El padre de Frilair consumía todos los recursos de una inteligencia harto habilidosa para demostrarle que Julien no era digno de ella.
En medio de todos esos tormentos, Mathilde lo quería más y más y le hacía unas escenas espantosas casi a diario.
Julien quería a toda costa ser un hombre cabal con aquella pobre joven a quien tanto había comprometido; pero a cada instante podía más el amor desenfrenado que sentía por la señora de Rênal. Cuando no conseguía convencer a Mathilde con malas razones de la inocencia de las visitas de su rival, se decía: «Ya debe de faltar muy poco para el desenlace del drama; eso me disculpa de no saber disimular mejor».