Rojo y negro

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—Es un hombre tímido y no excesivamente jesuítico —le decía— y que, seguramente, se pondrá en las filas de postulantes. Como tiene una ambición más feroz y más tenaz que el pobre Croisenois y no hay ningún ducado en su familia, no pondrá dificultades a un matrimonio con la viuda de Julien Sorel.

—Y una viuda que desprecia las grandes pasiones —replicó con frialdad Mathilde—, pues ha vivido lo suficiente para ver, pasados seis meses, cómo su amante prefiere a otra mujer y a una mujer que es el origen de todos sus males.

—Es usted injusta: las visitas de la señora de Rênal le proporcionarán unas frases muy singulares al abogado de París que se ocupa de mi recurso: describirá las atenciones de la víctima honrando al asesino. Puede impresionar y, a lo mejor, algún día me ve usted de protagonista de algún melodrama, etc., etc.

Unos celos rabiosos y sin posible venganza, la continuidad de una desdicha sin esperanza (porque, incluso suponiendo que Julien se salvara, ¿cómo recobrar su corazón?), la vergüenza y el dolor de querer más que nunca a ese amante infiel habían impuesto a la señorita de La Mole un silencio hosco del que no conseguían sacarla ni las atenciones diligentes del padre de Frilair ni la ruda sinceridad de Fouqué.


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