Rojo y negro

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El domingo 22 de julio, muy temprano, Berthet carga las dos pistolas con balas dobles, se las mete debajo del frac y se va a Brangues. Llega a casa de su hermana, que le da una sopa clara. A la hora de la misa parroquial va a la iglesia y se coloca a tres pasos del banco de la señora Michoud. No tarda en verla llegar con sus dos hijos, uno de los cuales había sido alumno suyo. Esperó, quieto, hasta que el párroco empezó a dar la comunión… Dice el ministerio fiscal: «Ni el aspecto de su bienhechora, ni la santidad del lugar, ni la solemnidad del más sublime de los misterios de una religión al servicio de la que Berthet debía haberse consagrado, nada puede enternecer esa alma entregada al genio de la destrucción. Con la mirada clavada en su víctima, ajena a los sentimientos religiosos que lo rodean, espera con infernal paciencia el momento en que el recogimiento de todos los fieles le dé la oportunidad de acertar los disparos. Se presenta ese momento cuando todos los corazones se alzan hacia el Dios presente en el altar, cuando la señora Michoud, prosternada, estaba quizá uniendo a sus plegarias el nombre del ingrato que se ha vuelto su enemigo más cruel; suenan dos tiros sucesivos con escaso intervalo. Los asistentes, espantados, ven desplomarse casi al tiempo a Berthet y la señora Michoud, cuyo primer ademán, previendo un nuevo crimen, fue cubrir con su cuerpo a sus hijitos, asustados. La sangre del asesino y la de la víctima salpicaron, juntas, los peldaños del santuario.


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