Carrie
Carrie Chris y Billy, los autores de la trampa, huyen en su coche. Se rÃen. No saben lo que han provocado. Pero cuando cruzan cerca de Carrie, ella los ve. Solo los ojos. Y con un giro mental, su coche se estrella. Gira en el aire como un insecto atrapado en una tormenta psÃquica. Explota. Arde. No queda nada.
Carrie ha castigado. Carrie ha cobrado su deuda.
Pero aún queda una cuenta pendiente. La más vieja. La más cercana. La que huele a incienso y represión. Su madre. Margaret White. Y la pequeña casa blanca de la calle Carlin, con su cruz gigante y sus paredes que han sido testigos de toda la locura.
Carrie vuelve a casa.
Y el juicio final, para ella, apenas comienza.
La casa en la calle Carlin se yergue en silencio, como si también supiera que está a punto de ser purgada. Carrie entra, aún empapada en sangre, caminando entre muebles gastados y pasajes bÃblicos clavados en las paredes. La luz parpadea. Huele a miedo. A incienso viejo. A castigo.
Margaret la espera en la cocina. Vestida de negro, crucifijo en mano, la observa con los ojos de una fanática que cree haber visto al demonio.
—He rezado por ti, hija. He pedido que el Señor te lleve, y ahora ha llegado tu hora —susurra.
Carrie, agotada, rota, se acerca.
