Cujo
Cujo En otra parte, Vic empieza a preocuparse. No puede contactar a Donna. Llama a casa de los Camber. Nadie contesta. Algo en su pecho se enrosca, algo que no puede explicar.
—¿Y si se fueron a otro lado? —pregunta un colega.
Vic no responde. Tiene la certeza de que algo está mal.
Donna planea una huida desesperada. Esperará a que Cujo se duerma profundamente, luego correrá a la casa. Busca una arma improvisada: una llave inglesa oxidada del maletero. La sostiene como un talismán inútil.
Pero no logra escapar. Cujo la embiste en el camino. Donna apenas logra refugiarse de nuevo en el coche, con una pierna sangrando, mientras el monstruo araña las puertas con sus garras.
El horror no viene de fantasmas. Viene de un perro fiel que se convirtió en un demonio. Y la granja, bajo el sol abrasador, es ahora una prisión sin salida.
El coche es una celda de acero. Afuera, Cujo vigila. Adentro, la desesperación florece como un hongo envenenado.
Tad llora sin parar. Tiene fiebre. Su voz se vuelve quebradiza, su aliento corto. Donna lo abraza, lo cubre, lo sacude para mantenerlo consciente. Pero sus fuerzas también flaquean. Cada hora bajo el sol les roba algo: agua, lucidez, esperanza.
