Duma Key
Duma Key Edgar sintió que su única mano temblaba. Bajó a la arena, con el corazón martillando en su pecho. La madera del barco estaba podrida, como si llevara años abandonado. Subió a bordo. La cubierta crujió bajo sus pies. Dentro de la cabina encontró una caja de metal oxidado.
La abrió.
Adentro, una muñeca de porcelana sin ojos le sonrió.
El aire se congeló.
—Tienes que dejar de pintar —susurró una voz detrás de él.
Edgar giró de golpe. Wireman estaba en la orilla, observándolo con una expresión sombría.
—¿Qué es esto, Wireman?
—Algo viejo —respondió él—. Algo que nunca debió volver.
Días después, conoció a Elizabeth Eastlake. Una anciana en silla de ruedas, con los ojos brillantes de alguien que ha visto demasiado.
—Usted pinta —dijo ella.
No era una pregunta.
Edgar asintió.
—Debe tener cuidado. Algunas cosas no deben ser traídas de vuelta.
—¿Cómo qué?
Elizabeth tembló.
