El resplandor
El resplandor Danny apenas hablaba. Desde su encuentro con la mujer en la habitación 217, su mirada se había vuelto de cristal. Wendy, aterrada, trató de confrontar a Jack, pero él negó haber dejado la habitación abierta.
—Estás imaginando cosas, Wendy —dijo con voz pastosa, como si el alcohol, invisible pero omnipresente, corriera ya por sus venas—. ¿Acaso crees que el hotel está embrujado?
No era una pregunta. Era una acusación.
Jack bajaba cada vez más seguido al salón vacío, y el salón respondía. La música volvía. El aire se llenaba de perfumes viejos. Y las sombras bailaban. Veía a los invitados: mujeres de época, hombres con sombreros de copa, carcajadas de ultratumba.
—¡Jack! ¡Jack Torrance! ¡Qué gusto tenerlo aquí! —decía un hombre con bigote inglés y copa en mano.
—¿Me conoce? —preguntaba Jack, incrédulo.
—Pero claro. Usted siempre fue el cuidador.
Esa frase. Esa maldita frase. Jack la escuchaba una y otra vez. El hotel lo quería. Le hablaba. Le prometía respeto, poder, propósito.
