El visitante
El visitante —Vi al tipo salir del parque —dijo el testigo—. Estaba cubierto de sangre. Y…
Dudó.
—¿Y qué? —presionó el fiscal.
El vagabundo tragó saliva.
—Vi su cara cambiar.
El tribunal quedó en silencio.
—¿Cómo que cambiar? —preguntó el juez, impaciente.
—No sé cómo explicarlo… Era como si su cara se moviera. Como si la piel se deslizara sobre el hueso.
Hubo una risa nerviosa en la sala.
—¿Es esto una broma? —dijo Howie Gold.
Pero Ralph Anderson no se rió.
Porque en su estómago, algo frÃo y pesado comenzaba a formarse.
Un pensamiento que no querÃa admitir.
Y si estaban persiguiendo algo que no podÃan entender?
El testigo estaba temblando.
Ralph Anderson lo observó desde su asiento en la sala de audiencias. ParecÃa un hombre común, uno de esos fantasmas urbanos que deambulan por las calles y pasan desapercibidos. Pero habÃa algo en sus ojos, algo roto.
