En la hierba alta
En la hierba alta La hierba respira con ellos. Cada latido de Becky es un eco dentro del campo. Cada contracción la hunde más en un estado donde el dolor y la visión se mezclan. Ya no está sola. Ross la acompaña. No como un protector, sino como un pastor guiando un cordero hacia el matadero.
—El nacimiento es un acto de entrega —dice—. Tu bebé... será uno con nosotros.
Becky intenta resistirse. Grita. Patea. Pero su cuerpo está atrapado en el barro, envuelto por tallos que se sienten como dedos. Ross le acaricia la frente con una ternura enfermiza.
—No temas. Es el ciclo. El campo da y toma. La piedra necesita sangre nueva.
La piedra se alza detrás de él como un monolito que lo ha reclamado todo. Su familia. Su cordura. Su alma.
Mientras tanto, Cal se abre paso por la maleza. No grita ya. Solo avanza, guiado por los gritos de su hermana y por un instinto feroz que le dice que aún puede salvarla. Su cuerpo está cubierto de barro, sangre, y cortes. Ha perdido toda noción del tiempo. Solo quedan los pasos.
Tobin lo encuentra antes de que llegue. Le entrega algo: un amuleto hecho con hierba trenzada y una hebilla oxidada.
