En la hierba alta
En la hierba alta Becky, con el último aliento de fuerza, lanza al bebé lejos de la piedra. El llanto ahora sà es humano. Frágil. Real.
Ross se enfurece. Va tras él. Cal lo alcanza antes. Con una piedra en la mano —no la piedra, sino una de verdad— le rompe el cráneo.
Ross cae. No muere. Se retuerce. RÃe. Su sangre se mezcla con la tierra, y la hierba crece más alta a su alrededor.
Becky, rota, cae al suelo.
—No podemos dejarlo aquà —dice Cal, sosteniendo al bebé.
Pero sabe que no tienen salida. El campo no tiene bordes. Solo centro.
Y la piedra aún los observa.
La criatura recién nacida no tiene nombre, pero ya ha sido marcada por el campo. Cal lo carga en brazos, notando que sus ojos no parpadean, que su respiración es irregular, que hay algo... ausente en su llanto. Becky yace en la hierba, pálida como una sábana tendida al sol. La piedra la ha drenado. El dolor del parto, el miedo, la visión del rostro de Ross iluminado por la locura: todo la ha roto por dentro.
—Tenemos que salir —dice Cal, con el bebé pegado al pecho.
