En la hierba alta
En la hierba alta En segundos, el mundo se pliega sobre sà mismo. La hierba no es solo alta. Es un laberinto vertical, una trampa viva. Becky da un salto para localizar a su hermano y lo ve... justo frente a ella, pero demasiado lejos para ser real. Cal intenta hacer lo mismo. Desde lo alto, ve la carretera. Pero no donde deberÃa estar. Todo se ha desplazado. Ellos también.
—¡Tobin! —grita Cal—. ¡Canta, chico! ¡Haz ruido!
El niño obedece. Su voz llega desde un ángulo imposible. Luego se rÃe. Una risa histérica, como si alguien más estuviera usándola.
—¡Tened cuidado! —dice Tobin—. ¡No se pierdan ustedes también!
Pero ya es tarde. Lo que parecÃa un simple acto de bondad se ha convertido en una caÃda libre hacia lo desconocido. Y el campo, inmóvil al viento, apenas ha comenzado a cerrar su puño verde sobre ellos.
El campo se traga a Cal y Becky como una boca sin fondo. Ambos siguen las voces de Tobin, pero cuanto más se esfuerzan por acercarse, más se alejan. Las direcciones pierden sentido. La distancia, también. A veces el niño parece estar a un par de pasos; otras, kilómetros. El viento sopla entre los tallos como un aliento maligno, y el sol brilla sin moverse del cenit, como si el tiempo estuviera suspendido.
