Misery
Misery Se acercó a la cama y le acarició la frente con ternura.
—Aún intentas engañarme. Aún piensas que puedes escapar.
Paul sintió un sudor frÃo en la espalda.
—No, Annie, yo…
—¡SÃ, sà lo haces! —bramó ella, y de inmediato su rostro se serenó—. Pero yo puedo ayudarte.
Se inclinó y sujetó su pierna derecha.
Paul gritó antes de que siquiera sintiera el golpe.
El mazo descendió con un crujido espantoso.
Un dolor blanco y abrasador estalló en su cerebro. Su grito se convirtió en un alarido animal.
El segundo golpe llegó antes de que pudiera recuperar el aliento.
Su mente explotó en fragmentos de terror y agonÃa.
Cuando recuperó la conciencia, Annie ya no estaba.
Solo quedaba el dolor.
Los dÃas siguientes fueron un infierno.
Paul no podÃa moverse sin que su cuerpo protestara con una ola de sufrimiento insoportable.
Annie le llevaba la comida, las pastillas, revisaba sus vendas. Como si nada hubiera pasado.
Como si él no estuviera destrozado.