Misery
Misery —Mi agente… ¿llamaste a alguien? —preguntó con la voz rasposa.
El rostro de Annie se endureció por un instante, pero luego volvió a iluminarse con su expresión de devoción.
—No te preocupes por eso ahora, Paul. Estoy aquà para cuidarte.
Se alejó hacia la mesita de noche y tomó un frasco con pastillas.
—Esto te ayudará con el dolor —dijo, colocando dos comprimidos en su boca y ofreciéndole agua—. Tómalo.
Paul obedeció. No tenÃa muchas opciones. La droga se deslizó por su garganta y pronto sintió una pesadez dulce en los párpados. Justo antes de sumergirse en la negrura, Annie susurró algo más:
—Estoy tan feliz de tenerte aquÃ.
Los dÃas pasaron en una neblina de analgésicos y fiebre. Paul despertaba y dormÃa en intervalos confusos, con la voz de Annie siempre presente, tarareando canciones infantiles mientras le daba de comer o acomodaba las almohadas.
Cuando su mente comenzó a aclararse, comprendió algo terrible: seguÃa atrapado. No habÃa llamado a nadie. No habÃa teléfonos en la habitación. Su agente, su editor, nadie sabÃa dónde estaba.
