Misery
Misery —Es una Royal antigua —dijo ella, con orgullo—. La limpié para ti. Ahora puedes empezar.
Paul tragó saliva. La máquina tenÃa un defecto evidente: faltaba la tecla N .
—Annie…
—No te preocupes, Paul. Puedes arreglártelas sin la ene , ¿verdad? —dijo ella, ladeando la cabeza con una dulzura forzada.
Paul sabÃa lo que significaba esa dulzura. Si la desafiaba, si se negaba, la máscara de Annie se resquebrajarÃa y dejarÃa ver lo que habÃa debajo: algo oscuro, incontrolable.
—Claro —murmuró.
Ella sonrió, radiante.
—SabÃa que lo entenderÃas.
Annie salió de la habitación, dejándolo con la máquina y una resma de papel blanco. Paul la observó desaparecer por el pasillo y escuchó el chasquido de la puerta al cerrarse.
Era un prisionero.
Escribió. No habÃa otra alternativa.
Cada golpe en la máquina era una sentencia. Una confesión de su cautiverio. Pero Paul no podÃa permitirse escribir mal. Annie revisaba cada página con la devoción de un monje transcribiendo textos sagrados. Cualquier error, cualquier palabra que no encajara en su visión de Misery , desataba su furia.
