Jumper
Jumper Davy sintió una punzada en el pecho, pero no dijo nada. Había venido buscando respuestas, pero todo lo que encontró fue un hombre roto. Y de repente, lo entendió: su padre no era su batalla.
—Adiós, papá.
Y con esas palabras, saltó.
Esta vez no huyó por miedo, sino porque sabía que su futuro no estaba allí, enterrado en los escombros de su infancia. Apareció en un lugar desconocido, un prado iluminado por la luna, donde el silencio no era opresivo, sino liberador.
Respiró hondo, sintiendo una calma que no recordaba haber sentido antes. Todavía no sabía quién era o qué haría con su don, pero por primera vez, la esperanza comenzó a surgir como una chispa en su interior.
El lugar donde Davy apareció tras dejar Stanville parecía un refugio sacado de un sueño. Un prado amplio, bañado por la luz de la luna, con un viento suave que parecía susurrarle al oído que estaba a salvo. Por primera vez en meses, se permitió relajarse, dejar que el miedo y la tensión se disiparan.
Sin embargo, la paz duró poco. La sombra de su pasado no había desaparecido; lo seguía, acechando entre las grietas de su vida.
