Jumper
Jumper Davy aprendió rápido que su habilidad no solo era un salvavidas; era un arma. Podía aparecer donde quisiera, escapar de cualquier peligro. Sin embargo, este don tenía un precio, y las consecuencias lo encontrarían, sin importar a dónde saltara.
Después de semanas saltando de ciudad en ciudad, Davy llegó a Nueva York. Era el lugar perfecto para alguien como él: una ciudad que no hacía preguntas, donde la multitud te envolvía y te convertía en un fantasma más entre millones. Pero su habilidad no era algo que pudiera dejar de usar, no cuando cada salto le daba la sensación de tener el control, de ser invencible.
En sus primeras noches en la ciudad, encontró un pequeño apartamento abandonado, vacío pero funcional. Allí pasó las horas practicando, cerrando los ojos y apareciendo en lugares que recordaba de películas o fotos. Una vez apareció frente al Empire State Building. Otra vez terminó en el lobby de un hotel de lujo, robando un panecillo antes de que el personal pudiera siquiera registrar que alguien había entrado.
Pero la verdadera tentación llegó cuando vio a un hombre de traje salir de un banco en Wall Street, con un maletín repleto de billetes.
