Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver En el ropero de Pitman escogió Michael, después de largo y minucioso examen, una americana corta de alpaca negra y un pantalón de verano color verdoso. Una vez en posesión de estos objetos procedió al examen de la persona de su amigo.
—Lleva usted un cuello postizo clerical que no me agrada —le dijo—. ¿No podría usted reemplazarlo?
El profesor de dibujo reflexionó un instante.
—Debo tener por ahí dos camisas de cuello bajo que usaba cuando estaba en París estudiando la pintura.
—¡Magnífico! —exclamó Michael—. ¡Va a estar usted admirable! Hombre, unas polainas de caza —continuó, revolviendo en el fondo de una alacena—. ¡Oh, las polainas son absolutamente de rigor! Ahora, amigo mío, va usted a ponerse todas estas prendas, después de lo cual se sentará usted en ese sillón y meditará sobre algún problema de estética, durante media hora larga. Hecho esto va usted a buscarme a su taller.
La mañana había sido por demás desagradable. En el jardín de Pitman soplaba furioso el viento del Este entre las estatuas y arrojaba la lluvia contra las ventanas del taller. Era precisamente el momento en que Maurice intentaba por centésima vez en Bloomsbury la falsificación de la firma de su tío, mientras que Michael se ocupaba, con no menor actividad en el taller de Norfolk Street, en arrancar las cuerdas de su gran piano Erard.