Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver Pero no tardaron en llover sobre él enormes sorpresas. Supo, en primer término, que en todo Hampton-Court no había ninguna villa Kurnaul ni ningún conde Tarnow; es más, no había conde de ninguna clase. Era esto muy extraño, pero, después de todo, no lo consideró enteramente inexplicable. El señor Dickson había almorzado tan bien que podía haberse equivocado al darle las señas. «¿Qué debe hacer en semejantes circunstancias un hombre práctico, listo y acostumbrado a los negocios?», se preguntó Gideon. Y se respondió inmediatamente: «Enviar un telegrama breve y neto». Diez minutos después el alambre telegráfico transmitía a Londres el importante telegrama siguiente: «Dickson, hotel Langham, Londres. Villa y personas desconocidas aquí; supongo equivocadas señas; llegaré tren siguiente». En efecto, no tardó en bajarse de un coche de alquiler el mismo Gideon: a la puerta del hotel Langham, llevando impresas en la frente las señales de un extremado apresuramiento y de un gran esfuerzo intelectual.