Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡De dÃa ya —dijo para s×, y aún no he hallado ningún medio! ¡Es preciso que esto acabe! Volvió a cerrar el piano, se echó la llave al bolsillo y salió para tomar su desayuno. Por centésima vez giraba su cerebro como una rueda de molino. Atormentábale una mezcla confusa de terrores, ansias y pesares. Llamar a la policÃa, entregarle el cadáver, cubrir la descripción exacta de John Dickson y Ezra Thomas, llenar los periódicos de párrafos titulados: El Misterio del Temple, el señor Forsyth queda en libertad bajo fianza, era seguir una lÃnea de conducta posible, fácil y hasta, en fin de cuentas, bastante segura. Pero después de reflexionar bien no dejaba de tener sus inconvenientes. Obrar de esta suerte equivalÃa a revelar al mundo una serie de detalles que no dejarÃan muy bien parada la reputación de Gideon. Porque hasta un niño habrÃa desconfiado de la historia de los dos aventureros y él, Gideon, la habÃa tragado en seguida. El último de los abogadillos se hubiera negado a escuchar a unos clientes que se le presentaban en condiciones tan irregulares y él les habÃa oÃdo con complacencia. ¡Y si se hubiera contentado con oÃrlos! ¡Pero además se habÃa encargado él, todo un abogado, de una comisión que era buena cuando más para un detective privado! Para colmo de desdicha, habÃa aceptado el dinero que le ofrecÃan sus visitantes.