Aventuras de un cadaver
Aventuras de un cadaver —¡Oh, no hay en esto ningún mal, mi querido tÃo, puesto que nos vamos a casar muy pronto! —dijo Gideon—. ¡Recuerde usted muy bien que nos lo ha dicho hace poco en el pabellón!
—¿Yo? —preguntó el tÃo sorprendido—. ¡Estoy seguro de no haber dicho semejante cosa!
—¡SuplÃqueselo usted, júrele usted que lo ha dicho, invoque su buen corazón! —exclamó Gideon dirigiéndose a Julia—. ¡Cuando deja hablar su corazón no tiene igual en el mundo!
—¡Mi querido señor Bloomfield —dijo Julia—, Gideon es tan buen muchacho y me ha prometido de tal modo trabajar en su carrera, que estoy segura que lo hará! ¡Lo malo es que yo no tengo un cuarto! —añadió la joven.
—¡El tÃo Edward tiene por dos, querida señorita, como le decÃa a usted hace poco este tunante! —respondió el radical—. ¡Y no puedo olvidar que ha sido usted vergonzosamente despojada de su fortuna! ¡Por consiguiente ahora que nadie nos mira, bese usted a su tÃo Edward!… ¡En cuanto a usted, miserable —repuso cuando dicha ceremonia quedó debidamente realizada—, esta encantadora joven va a ser su esposa, y es seguramente mucho más de lo que usted merece! Pero ahora, ¡volvamos inmediatamente al pabellón y después al yate para regresar a Londres!