Aventuras de un cadaver

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II

En que Maurice se dispone a obrar

Algunos días después, el curioso lector (de F. de Boisgobey)[1] hubiera podido observar a los tres miembros masculinos de esta triste familia, que se disponían a tomar el tren de Londres en la estación de Bournemouth.

Conforme a lo que rezaba el barómetro, el tiempo debía ser variable, y Joseph Finsbury llevaba el traje propio de dicha temperatura, conforme a las prescripciones de sir Faraday Bond, porque no hay que olvidar que este ilustre galeno no es menos rígido en lo relativo al vestido, que en lo referente al régimen alimenticio.

Aun me atrevo a decir que hay pocas personas de salud delicada que, por lo menos, no hayan probado a conformarse con las prescripciones de sir Faraday Bond.

«Evítense los vinos tintos, la carne de cordero, la confitura de naranjas y el pan no tostado».

Además, dice a sus enfermos:

«Acuéstese usted todas las noches a las once menos cuarto, y vístase de franela higiénica de pies a cabeza. Para la calle, no hay nada tan indicado como las pieles de marta. Tampoco debe usted dejarse de calzar en casa de los señores Dall y Crumbie».


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