El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas La taberna estaba llena de clientes, tanto hombres como mujeres, y aunque más de uno quiso entablar conversación con nuestros aventureros, ninguno de los que lo intentaron prometÃa resultar interesante en caso de conocerlo mejor. No habÃa nada más que los normales bajos fondos de Londres y algunos bohemios de costumbre. El prÃncipe habÃa comenzado a bostezar y empezaba a sentirse aburrido de la excursión, cuando los batientes de la puerta se abrieron con violencia y entró en el bar un hombre joven seguido de dos servidores. Cada uno de los criados transportaba una gran bandeja con tartas de crema debajo de una tapadera, que en seguida apartaron para dejarlas a la vista; entonces el hombre joven dio la vuelta por toda la taberna ofreciendo las tartas a todos los presentes con manifestaciones de exagerada cortesÃa. Unas veces le aceptaron su oferta entre risas, otras se la rechazaron con firmeza y, algunas, hasta con rudeza. En estos casos el recién llegado se comÃa siempre él la tarta, entre algún comentario más o menos humorÃstico. Por último, se aproximó al prÃncipe Florizel.
—Señor —le dijo, haciendo una profunda reverencia, mientras adelantaba la tarta hacia él sosteniéndola entre el pulgar y el Ãndice—, ¿querrÃa usted hacerle este honor a un completo desconocido? Puedo garantizarle la calidad de esta pastelerÃa, pues me he comido veintisiete de estas tartas desde las cinco de la tarde.
