El Club de los Suicidas
El Club de los Suicidas El prÃncipe le interrumpió con un cortés ademán.
—Mi amigo y yo le acompañaremos —repuso— pues tenemos un profundo interés por su extraordinariamente agradable manera de pasar la tarde. Y ahora que ya se han sentado los preliminares de la paz, permÃtame que firme el tratado por los dos.
Y el prÃncipe engulló la tarta con la mayor gracia imaginable.
—Está deliciosa —dijo.
—Veo que es usted un experto —replicó el joven.
El coronel Geraldine hizo el honor al pastel del mismo modo, y como todos los presentes en la taberna habÃan ya aceptado o rechazado la pastelerÃa, el joven encaminó sus pasos hacia otro establecimiento similar. Los dos servidores, que parecÃan sumamente acostumbrados a su absurdo trabajo, le siguieron inmediatamente, y el prÃncipe y el coronel, cogidos del brazo y sonriéndose entre sÃ, se unieron a la retaguardia. En este orden, el grupo visitó dos tabernas más, donde se sucedieron escenas de la misma naturaleza de la descrita: algunos rechazaban y otros aceptaban los favores de aquella vagabunda hospitalidad, y el hombre joven se comÃa las tartas que le eran rechazadas.