Fabulas
Fabulas LA CANCIÓN DEL DÍA DE MAÑANA
EL REY DE DUNTRINE tuvo una hija cuando era anciano, que resultó ser la princesa más bella entre dos mares. Sus cabellos eran como el hilo de oro y sus ojos como las charcas de un río. Y el Rey le regaló un castillo a orillas del mar, con una terraza y un patio de piedra labrada, y cuatro torres en las cuatro esquinas. Allí vivió y creció la princesa, sin preocuparse por el día de mañana y sin poder alguno sobre la hora presente, a la manera de las gentes sencillas.
Cierto día salió a pasear por la playa, cuando era otoño y el viento soplaba desde el lugar de las lluvias. A un lado rompía el mar y al otro lado revoloteaban las hojas muertas. Era aquella la playa más solitaria entre dos mares y habían sucedido allí cosas extrañas en tiempos pasados. La princesa vio entonces a una bruja sentada en la arena. La espuma del mar le llegaba hasta los pies, las hojas muertas se arremolinaban en torno a ella y el viento sacudía los andrajos que llevaba.
—Vaya —dijo la princesa, pronunciando un nombre sagrado—. Ésta es la bruja más desdichada entre dos mares.
