Drácula
Drácula Salió otra vez a la puerta del corredor con su maletÃn, y juntos subimos al cuarto de Lucy. Una vez más yo subà la celosÃa, mientras van Helsing fue hacia su cama. Esta vez él no retrocedió espantado al mirar el pobre rostro con la misma palidez de cera, terrible, como antes. Sólo puso una mirada de rÃgida tristeza e infinita piedad.
—Tal como lo esperaba —murmuró, con esa siseante aspiración que significaba tanto.
Sin decir una palabra más fue y cerró la puerta con llave, y luego comenzó a poner sobre la mesa los instrumentos para hacer otra transfusión de sangre. Yo habÃa reconocido su necesidad de inmediato y comencé a quitarme la chaqueta, pero él me detuvo con una advertencia de la mano.
—No —dijo—. Hoy debe usted efectuar la operación. Yo seré el donante. Usted ya está débil.
Y al decir esto, se despojó de su chaqueta y se enrolló la manga de la camisa.
Otra vez la operación; nuevamente el narcótico. Una vez más regresó el color a las mejillas cenizas, y la respiración regular del sueño sano. Esta vez yo la vigilé mientras van Helsing se recluÃa y descansaba.