Drácula
Drácula Estaba tan perplejo que no encontré otra cosa que decir. Van Helsing extendió la mano y tomó el papel diciendo:
—No se preocupe por ello ahora. De momento, olvÃdelo. Todo lo sabrá y lo comprenderá a su tiempo; pero será más tarde. Y ahora, ¿qué venÃa a decirme?
Esto me regresó a los hechos, y nuevamente fui yo mismo.
—Vine a hablarle acerca del certificado de defunción. Si no actuamos como es debido y sabiamente, puede haber pesquisas, y tendrÃamos que mostrar ese papel. Yo espero que no haya necesidad de pesquisas, pues si las hubiera, eso seguramente matarÃa a la pobre Lucy, si no la mata otra cosa. Yo sé, y usted sabe, y el otro doctor que la atendÃa a ella también, que la señora Westenra padecÃa de una enfermedad del corazón; nosotros podemos certificar que murió de ella. Llenemos inmediatamente el certificado y yo mismo lo llevaré al registro, y pasaré al servicio de pompas fúnebres.
—¡Bien, amigo John! ¡Muy bien pensado! Verdaderamente, si la señorita Lucy tiene que estar triste por los enemigos que la asedian, al menos puede estar contenta de los amigos que la aman. Uno, dos, tres, todos abren sus venas por ella, además de un viejo como yo. ¡Ah sÃ!, yo lo sé, amigo John; no estoy ciego; ¡lo quiero a usted más por ello! Ahora, váyase.