Drácula
Drácula No hizo ningún movimiento para acercárseme, sino que permaneció inmóvil como una estatua, como si su gesto de bienvenida lo hubiese fijado en piedra. Sin embargo, en el instante en que traspuse el umbral de la puerta, dio un paso impulsivamente hacia adelante y, extendiendo la mano, sujetó la mÃa con una fuerza que me hizo retroceder, un efecto que no fue aminorado por el hecho de que parecÃa frÃa como el hielo; de que parecÃa más la mano de un muerto que de un hombre vivo. Dijo otra vez:
—Bien venido a mi casa. Venga libremente, váyase a salvo, y deje algo de la alegrÃa que trae consigo.
La fuerza del apretón de mano era tan parecida a la que yo habÃa notado en el cochero, cuyo rostro no habÃa podido ver, que por un momento dudé si no se trataba de la misma persona a quien le estaba hablando; asà es que para asegurarme, le pregunté:
—¿El conde Drácula?
Se inclinó cortésmente al responderme.
—Yo soy Drácula; y le doy mi bienvenida, señor Harker, en mi casa. Pase; el aire de la noche está frÃo, y seguramente usted necesita comer y descansar.
Mientras hablaba, puso la lámpara sobre un soporte en la pared, y saliendo, tomó mi equipaje; lo tomó antes de que yo pudiese evitarlo. Yo protesté, pero él insistió: