Drácula
Drácula Eran las doce menos cuarto en punto de la noche cuando penetramos en el cementerio de la iglesia, pasando por encima de la tapia, no muy alta. La noche era oscura, aunque, a veces, la luz de la luna se infiltraba entre las densas nubes que cubrÃan el firmamento. Nos mantuvimos muy cerca unos de otros, con van Helsing un poco más adelante, mostrándonos el camino. Cuando llegamos cerca de la tumba, miré atentamente a Arthur, porque temÃa que la proximidad de un lugar lleno de tan tristes recuerdos lo afectarÃa profundamente; pero logró controlarse. Pensé que el misterio mismo que envolvÃa todo aquello estaba mitigando su enojo. El profesor abrió la puerta y, viendo que vacilábamos, lo cual era muy natural, resolvió la dificultad entrando él mismo el primero. Todos nosotros lo imitamos, y el anciano cerró la puerta. A continuación, encendió una linterna sorda e iluminó el ataúd. Arthur dio un paso al frente, no muy decidido, y van Helsing me dijo:
—Usted estuvo conmigo aquà el dÃa de ayer. ¿Estaba el cuerpo de la señorita Lucy en este ataúd?
—Asà es.
El profesor se volvió hacia los demás, diciendo:
