Drácula

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—¡In manustuas, Domine! —dijo, persignándose, al tiempo que cruzaba el umbral de la puerta.

Cerramos la puerta a nuestras espaldas, para evitar que cuando encendiéramos las lámparas, el resplandor pudiera atraer a alguien que lo viera desde la calle. El profesor pulsó el pestillo cuidadosamente, por si no es tuviéramos en condiciones de abrirlo rápidamente en caso de que tuviéramos que salir de la casa a toda prisa.

Entonces, encendimos todos nuestras lámparas y comenzamos nuestra investigación.

La luz de las diminutas lámparas caía sobre toda clase de formas extrañas, cuando los rayos se cruzaban unos con otros o nuestros cuerpos opacos proyectaban enormes sombras. No se apartaba de mí el sentimiento de que había alguien más entre nosotros. Supongo que era el recuerdo, sugerido de manera tan poderosa por el tétrico ambiente, de la espantosa experiencia que yo tuviera en Transilvania. Creo que todos nosotros teníamos el mismo sentimiento, puesto que noté que los otros no cesaban de mirar por encima del hombro cada vez que se producía un ruidito o que se proyectaba alguna nueva sombra, tal como lo hacía yo mismo.


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