Drácula
Drácula Precipitándose hacia la pesada puerta de roble y bandas de hierro, que el doctor Seward había descrito del exterior y que yo mismo había visto, hizo girar la llave en la cerradura, retiró los enormes pestillos y abrió de un golpe la puerta. Luego, sacando del bolsillo su silbato de plata, hizo que sonara lenta y agudamente. De detrás de la casa del doctor Seward le respondieron los ladridos de varios perros, y un minuto después, tres terriers aparecieron, corriendo, por una de las esquinas de la casa. Inconscientemente, todos nos habíamos vuelto hacia la puerta y, al hacerlo, vimos que el polvo se había levantado mucho; las cajas que habían sido sacadas, lo habían sido por allá. Pero incluso en un solo minuto que había pasado, el número de las ratas había aumentado mucho. Parecían aparecer en la habitación todas a un tiempo, a tal punto que la luz de las lámparas, que se reflejaba sobre sus cuerpos oscuros y en movimiento y brillaba sobre sus malignos ojos, hacía que toda la habitación pareciera estar llena de luciérnagas. Los perros aparecieron rápidamente, pero en el umbral de la puerta se detuvieron de pronto y olfatearon; luego, simultáneamente, levantaron las cabezas y comenzaron a aullar de manera lúgubre en extremo. Las ratas estaban multiplicándose por miles, y salimos de la habitación.