Drácula
Drácula Las negras sombras proyectadas por la luz de la luna parecían estar llenas de un misterio que les era propio. Nada parecía moverse, pero todo parecía lúgubre y tétrico, de modo que una ligera nubecilla de niebla blanca, que avanzaba con una lentitud que hacía que su movimiento resultara casi imperceptible, hacia la casa, por encima del césped, parecía tener una vitalidad propia. Creo que esos pensamientos, al hacerme olvidar los anteriores, me hicieron bien, puesto que al volver a acostarme sentí un letargo que me embargaba suavemente. Permanecí acostada un rato, pero no lograba conciliar el sueño, de modo que volví a levantarme y a mirar por la ventana. La niebla se estaba extendiendo y se encontraba ya muy cerca de la casa, de tal modo que la vi adosarse pesadamente a las paredes, como si estuviera trepando hacia las ventanas. El pobre hombre hablaba con más fuerza que nunca y, aunque no lograba distinguir bien sus palabras, comprendí que se trataba de una súplica apasionada de su parte. Luego, oí el ruido de un forcejeo y comprendí que los enfermeros se estaban encargando de él. Me sentí tan asustada, que me cubrí la cabeza con las sábanas, tapándome los oídos con los dedos. No tenía sueño en absoluto o, por lo menos, así lo creía, pero debo haberme quedado dormida, puesto que, con excepción de los sueños, no recuerdo ninguna otra cosa hasta la llegada de la mañana, cuando Jonathan me despertó. Creo que necesité cierto esfuerzo y tiempo para recordar donde me encontraba y que era Jonathan el que estaba inclinado sobre mí. Mi sueño era muy peculiar, y era algo típico, del modo como al despertar los pensamientos se entremezclan con los sueños.